En una habitación sencilla, un niño habla con un psicólogo mientras juega o responde preguntas. Del otro lado de un vidrio que parece un espejo, jueces, fiscales y especialistas observan en silencio. El niño no los ve, pero su palabra está siendo escuchada con atención. Esa escena, cada vez más frecuente en los procesos judiciales, ocurre dentro de lo que se conoce como Cámara Gesell. Con frecuencia, a través de los medios de comunicación, conocemos casos judiciales que logran avanzar gracias a la intervención de la Cámara Gesell. Investigaciones por la muerte de un niño, declaraciones de testigos menores o situaciones de acoso y abuso infantil encuentran en este dispositivo una herramienta fundamental para esclarecer los hechos sin someter a los niños a nuevas presiones, sufrimientos o revictimizaciones. Hoy la Cámara Gesell aparece asociada casi naturalmente al ámbito judicial. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué es exactamente la Cámara Gesell? ¿Siempre perteneció al mundo del derecho? ¿Con qué finalidad nació? Para responder a estas preguntas debemos remontarnos a la figura de Arnold Gesell (1880-1961), médico, pediatra y psicólogo del desarrollo estadounidense, considerado uno de los grandes investigadores de la infancia del siglo XX. Gesell desarrolló gran parte de su trabajo en la Universidad de Yale, donde dirigió la Clínica del Desarrollo Infantil durante las décadas de 1920 y 1930, en una época en la que la infancia aún era poco comprendida y escasamente estudiada desde el punto de vista científico. En aquellos años, Gesell sostenía una idea que para su tiempo resultaba casi revolucionaria: el niño no es un adulto en miniatura, sino un ser en pleno proceso de maduración, con tiempos, lenguajes y modos propios de relacionarse con el mundo. Con ese espíritu de investigación nació la cámara que luego llevaría su nombre. Se trataba de un espacio especialmente diseñado para observar a los niños sin interferir en su conducta. El dispositivo consistía en una sala separada por un vidrio unidireccional que permitía a los investigadores observar al niño sin que éste se sintiera observado. De ese modo podían registrarse conductas espontáneas durante el juego, el lenguaje o las interacciones con adultos y otros niños. El objetivo inicial era puramente científico. Gesell buscaba comprender cómo se desarrollaban las capacidades motoras, emocionales y cognitivas durante la infancia. Gracias a este método de observación sistemática logró construir las célebres tablas del desarrollo infantil que durante décadas sirvieron como referencia para pediatras, psicólogos y educadores. Muchas de esas observaciones siguen siendo utilizadas todavía hoy en el estudio del desarrollo infantil. Con el paso del tiempo, sin embargo, la utilidad de la Cámara Gesell trascendió el ámbito médico y psicológico. El sistema judicial advirtió que este dispositivo podía ofrecer una herramienta valiosa para escuchar a niños involucrados en situaciones de extrema vulnerabilidad. En lugar de ser interrogados repetidamente en ámbitos formales que podían resultar intimidantes, los niños pueden ser entrevistados en un entorno más cuidado, mientras jueces, fiscales, psicólogos o abogados observan desde la otra sala sin intervenir directamente en la conversación. De esta manera se busca evitar lo que hoy se conoce como “revictimización”, es decir, el sufrimiento adicional que puede provocar en un niño la repetición de interrogatorios o su exposición a escenarios judiciales que no siempre resultan adecuados para su edad. En la Argentina y en muchos otros países, la Cámara Gesell se ha convertido así en un recurso importante dentro de los procesos judiciales que involucran a menores. Su utilización intenta conciliar dos objetivos que no siempre son fáciles de equilibrar: la búsqueda de la verdad judicial y la protección emocional del niño. Paradójicamente, Arnold Gesell nunca imaginó que aquel instrumento concebido para estudiar el desarrollo infantil terminaría convirtiéndose en una herramienta clave del sistema judicial. Tal vez esa sea, al final, su enseñanza más profunda: antes de interrogar, es necesario aprender a escuchar.

Juan L. Marcotullio                                                           

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